Cuando me hablas

Me hablas al oído y no sé qué decirte. La frase es chicle y resbala al desconcierto. Las palabras que susurras son palomas que se ocultan entre la neblina. Cuando hablas así, sólo escucho el reverbero de tus labios. No me cuchichmariposaes al oído porque respondo al silbido de tu aliento y después no sé que me da por despintar la luna de tus pezones.

LA SALIDA

Caímos en el aburrimiento, pasamos del paroxismo al tedio. Las coincidencias del ayer ahora son contradicciones. El sexo es la puerta donde nos encontramos, pero ¿ hasta cuándo? Las pláticas en el café, el lenguaje de las manos en el parque, han quedado lejos. Ahora tenemos el reproche, la pregunta, la ironía. Esperamos la noche y sin hablar, vivimos para el placer. Yo sueño con otra mujer, tú con otro hombre. Tendremos un espacio para reconsiderar, ya que hoy en la noche, para fortuna de ambos, llega tu marido.





LAS RODILLAS SONROJADAS

Me acosté con la cabeza a un lado de tus pies y la blancura de tus piernas cautivándome. Llevé a la boca el dedo gordo de tu píe y lo humedecí; al mismo tiempo acaricié tu pantorrilla.

En voz alta te interrogué.
— ¿Sientes cosquillas?
Trataste de retirarlo, pero, lo contuve y me pregunté si alguno de tus amantes te había provocado de ese modo. Levanté tu falda y descubrí la mañana de tus muslos. Dejé tu píe y me fui hacia el tobillo, lo rodeé con el borde de mi lengua y entre más lamía tu deseo de quitarlo se substituía por algún encanto.


—Me place lo que haces. —dijiste.
—Nada malo pensaran si te hago un moretón. —Respondí.


Cerraba los ojos y del fondo, como un proyector, visioné una escena, en la que tú platicabas con algunas mujeres.

LA ESCENA ES EN UNA CALLE. DE MAÑANA 8.10 ELLA DE FALDA PLATICA CON DOS SEÑORAS.


SEÑORA UNO — ¿Y cómo se lastimó?


SEÑORA DOS — Mire que feo se le ve ese moretón en el tobillo.


ELLA — Tendía la sábana cuando me golpeé con la esquina de la base de madera. Me sobé y después puse una compresa fría.


SEÑORA UNO — Con lo que duele esa parte.




Doblé el cuerpo y mordí despacio el pubis, sobre tu braga, pero, al instante regresé. Acaricié la rótula con la protuberancia rasposa de la lengua, y decidí abarcarla con mi boca y degustar la tersura de la piel.


—¡Súbete! Escuché que decías.


No te hice caso. Seguí sorbiendo. Mi placer me lo dabas con tu respuesta y me seducía dejarte maculada. Seguí, seguí y hubo gritos que volaron como parvada y suspiros que se elevaron y otros que despreciaron el cielo para arrinconarse en alguna parte de la sábana. Las horas cómplices abrieron las puertas de tu interior y todo fue grito y agua.

LA DECEPCIÓN

Él tomó su sombrero, te dio un beso en la mejilla y dijo: “Luego vengo” y en un santiamén, llegó la madrugada sin que él diese señas de volver. Antes de que se fuera, lo abrazaste recargando tu perfil en su cuello y tus pechos apretaron contra su espalda. Mientras se bañaba. Miraste al espejo: Tu pelo castaño caía lacio sobre tus hombros, la bata abierta parecía un zaguán resguardando frutales – Sabes, la seda le va muy bien a tu cuerpo, pues al caer define la brevedad de tu vientre y la curva de tus caderas. Del buró caoba sacaste un incienso de sándalo y te imaginaste el olor acomodándose en las gradas de la recámara. Cuando él salió del baño: húmedo, aún con las gotas de agua atrapadas en el vello de su pecho, sin mediar palabra, lo besaste. Él respondió, pero discretamente se zafó de tus brazos y se encaminó hacia el clóset; empezó a vestirse y tomó su sombrero.



—Luego vengo— —dijo.


besó tu mejilla, y te ofreció esa sonrisa pícara que bien conoces.


— No tardaré. Voy a una reunión de caballeros.


Mientras te bañabas miré tu silla veteada de nogal y recorrí cada una de tus figuritas de porcelana. Cesó la regadera y después oí crujir la puerta. Saliste con una bata color naranja y sujetabas tu pelo con una toalla. Jamás hubieses imaginado que yo te veía detrás del espejo. Tus ojos color carbón, los labios hechos para el beso, y mejillas turgentes y frescas.


El bochorno de la noche te dio la justificación para abrir la bata. Observaste la grandeza de tus pechos y sonreíste al recordar la atracción que ejercen sobre el deseo de los varones. Después cepillaste el cabello, y en cada movimiento, sobresalía enrojecido tu pezón como una uva cargada de vino.


Te recostaste sobre la cama y esperaste su regreso. La noche calurosa se transformó en tibia y la vigilia empezó a tropezar con el silencio y el fastidio fue escondiendo los deseos de lumbre y suspiro.


Miraba tu esplendor: Sobre la cama tenías la cabeza ladeada con dignidad, erecta de los pechos, —pues aún en el sueño, ellos esperaban. Tus piernas largas que parecían cal dorada por la luna. No entiendo el desprecio de tu varón ¡Cómo no trotar! Cabalgar tus colinas y llegar a las dunas de tu vientre y entremezclar los suspiros con lluvia íntima. He salido de mi escondite y estoy a tu lado, pero por más que intenté sacudirte con mi ánimo, no despertaste y me retiré a mi guarida a rumiar mi desorden, que por supuesto, ya no es de este lugar, pero aún recuerdo las veces que espiaba a las parejas en su procesión de quejidos. Hermosa mujer, yo también me he decepcionado de tu esposo y me he quedado con el deseo de lubricar mis sentidos.






TOKIO BLUES DE Haruki Murakami FRAGMENTO

En la habitación oscura, con las ventanas cerradas, Reiko y yo nos abrazamos como si fuera lo más natural del mundo y buscamos el cuerpo del otro. Le quité la camisa, los pantalones, la ropa interior.


- He llevado una vida muy curiosa, pero no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que algún día un chico de veinte años me quitara las bragas.

- ¿Prefieres quitártelas tú?

- No, no. Quitámelas tú. Pero estoy arrugada como una pasa, no vayas a llevarte una desilusión.

- A mí me gustan tus arrugas.

- Voy a echarme a llorar - susurró Reiko.La besé por todo el cuerpo y recorrí con la lengua sus arrugas. Envolví con mis manos sus pechos lisos de adolescente. Mordisqueé suavemente sus pezones, puse un dedo en su vagina, cálida, húmeda, que empecé a mover despacio.

- Te equivocas, Watanabe - me dijo Reiko al oído-. Eso también es una arruga.

- ¿Nunca dejas de bromear? - le solté estupefacto.

- Perdona. Estoy asustada. ¡Hace tanto tiempo que no lo hago! Me siento como una chica de diecisiete años a la que hubieran desnudado al ir a visitar a un chico a su habitación.

- Y yo me siento como si estuviera violando a una chica de diecisiete años.

Metí el dedo dentro de aquella "arruga", la besé desde la nuca hasta la oreja, le pellizqué los pezones. Cuando su respiración se aceleró y su garganta empezó a temblar, le separé las delgadas piernas y la penetré despacio.

- Ten cuidado de no dejarme embarazada. Me daría vergüenza, a mi edad.

- Tendré cuidado. Tranquila -dije.

Cuando la penetré hasta el fondo, ella tembló y lanzó un suspiro. Moví el pene despacio mientras acariciaba la espalda; eyaculé de forma tan violenta que no pude contenerme. Aferrado a Reiko, expulsé mi semen dentro de su calidez.

- Lo siento. No he podido aguantarme - me excusé.

- ¡No seas tonto! No hay por qué disculparse - bromeó Reiko dándome unos azotes en el trasero. Siempre que te acuestas con chicas, ¿piensas tanto?

- Sí.

- Conmigo no hace falta. Olvídalo. Eyacula tanto como quieras y cuanto te plazca. ¿Te sientes mejor?.

- Mucho mejor. Por eso no he podido aguantarme.

- No se trata de aguantarse. Está bien así. A mí también me ha gustado mucho.

- Oye, Reiko - dije.

- Dime.

- Tienes que enamorarte de alguien. Eres maravillosa, sería un desperdicio que no lo hicieras.

- Lo tendré en cuenta. ¿Crees que en Asahikawa la gente se enamora?

Al rato volví a introducir dentro de ella mi pene erecto. Debajo de mí, Reiko se retorcía de placer y contenía el aliento. Mientras la abrazaba y movía, despacio y en silencio, el pene dentro de su vagina, hablamos de muchas cosas. Era maravilloso charlar mientras hacíamos el amor. Cuando se reía de mis bromas el temblor de su risa se transmitía a mi pene. Permanecimos largo tiempo abrazados de este modo.

- Es fantástico estar así - dijo Reiko.

- Tampoco esta nada mal moverse - añadí.

- Entonces hazlo.

La alcé asiéndola por las caderas y la penetré hasta el fondo, saboreando aquella sensación hasta que eyaculé.Aquella noche lo hicimos cuatro veces...





Tokio Blues

Haruki Murakami

FRUTILLAS DE Lucía Scosceria Cañellas

Frutillas


Mi corazón volvió a su ritmo normal. Él suyo seguía fuera de control. Los latidos se sentían fuertes y rítmicos en el pecho bañado por el sudor. Abrí los ojos y se prendieron de los suyos al instante. Sin razón aparente reímos. Nuestros cuerpos calientes pronto sintieron el frío invernal de la
habitación en la cual nos habíamos refugiado por tantas horas.
Nos tapamos con una frazada raída y quedamos abrazados entre risas y besos,  felices por el placer de estar juntos.Tuvimos hambre. Las frutillas que habíamos comprado a un vendedor ambulante por la calle, estaban aún dentro de la cestita en que la habíamos traído.Desafiando la temperatura helada de la pieza, me levanté desnuda y las lavé en el baño, las dejé en la mesa y me zambullí en la cama junto a él.
En poco tiempo mi cuerpo se había enfriado; el contraste con el suyo, caliente aún, nos hizo estallar en carcajadas.

-Estás helada-dijo y me abrazó y tocó con las manos cálidas y suaves.

Un estornudo me obligó a buscar mi camiseta, que se encontraba a los pies  de la cama. Él me ayudó a ponérmela y yo le puse la suya. También encontró mis medias y me las puso despacio, acariciándome el tobillo mientras lo hacía. Traje la cesta con las frutillas y le pregunté si quería alguna.-Sí- respondió y la sonrisa amplia iluminó la habitación. Elegí la más madura y se la puse en la boca. Él la mordió sin dejar de
mirarme. Leí sus pensamientos. Supe que recordaba todo lo que habíamos hecho al amarnos horas antes.

Un estremecimiento me recorrió el cuerpo. Me besó con los ojos abiertos. Su  lengua me pasó la frutilla que le había dado, más dulce aún con la saliva. La tragué y él tomó otra del canastito y me la dio. Comí la mitad y la que sobró se la llevó a la boca y me la pasó con la lengua en un beso dulce y  voluptuoso. Después me tomó la mano y la besó y me dijo que me amaba, como siempre.

Afuera, la noche había llegado de golpe, como suele hacerlo en  invierno, entre voces que aún no querían apagarse en la calle o en las casas.Adentro, seguía el calor de nuestra piel y esa felicidad absurda de saber
que todo está bien por el solo hecho de estar juntos.
Antes de dormir, pensé que era fácil ser feliz: alguien a quién querer y ser correspondida y tal vez algunas frutillas.

La profesora de Química de Lucia Scosceria

LA PROFESORA DE QUIMICA


Miré a la profesora de Química y nació la sensación de siempre. No sabía por qué me excitaba tanto. Con cierto recelo me fijé en los rostros de mis compañeros más cercanos, nadie pareció notar lo que me pasaba.

Ella hablaba sobre el poco rendimiento que habíamos tenido en el semestre y parecía enojada. Se pasó una mano por los cabellos oscuros como siempre hacía cuando se enojaba y todo el proceso de erección se puso en marcha al instante. Sentí que se abultaba mi pantalón y puse el cuaderno sobre él para disimular. Los ojos negros de la profesora eran relámpagos enfurecidos y ella se acaloraba más y más a medida que hablaba.

¿Cuántos años tendría? ¿Treinta y cinco? ¿Cuarenta? No lo sabía, sí sabía que la cara ovalada era linda, pero nada espectacular y los ojos de mirada penetrante y sensual me afectaban cuando los dirigía a los míos. Tenía un cuerpo exuberante. Pechos muy grandes y caderas que invitaban a tomarlas con las manos y mecerlas en una danza lenta y sensual.

Ella entregaba las hojas de los exámenes que había tomado la semana pasada y seguía hablando pero yo no sabía de qué, sus labios rojos se movían al hablar en forma circular y yo pensaba qué magnífico sería que los cerrara sobre algunas partes de mi cuerpo y me besase y se derritiera en mis brazos.

Faltaban pocos metros para que llegase a mi lado y me moví inquieto en la silla para disimular mi turbación.

El trabajo práctico que había hecho en el laboratorio debía darme puntos extras en mi calificación. Hacía tantos días de ello que no recordaba ya si era algo sobre jabones o ácidos. Sí recordaba que era tarde y todos los compañeros se habían ido. La profesora dijo que debía entregar el resultado del trabajo. Yo le pedí unos minutos más y ella se acercó a mí y su perfume a lavanda me electrizó tanto que temí desmayarme. Logré controlar un leve temblor y decir con voz normal que sólo faltaban describir algunas cosas que veía en el microscopio.

-Déjame ayudarte-dijo ella y le di lugar. Tuvo que agacharse para mirar en el aparato. No sé qué me pasó. Sus amplias caderas parecían llamarme, me enloquecieron, en forma fugaz pensé que me expulsarían del colegio, que mis padres me pondrían un castigo terrible, pero nada pudo atajarme.

Deslicé con terrible lentitud mi mano debajo de la pollera de la profesora. Nada impediría que siguiera tocándola, porque el placer que tenía con lo que estaba haciendo era inmenso. Esperaba el merecido bofetón que sabía recibiría de un momento a otro y aún así no me apresuré para llegar al musgo secreto que quería alcanzar, lo logré en instantes, todavía sorprendido por su silencio.

Con manos temblorosas tomé la parte inferior de su bikini y lo ubiqué a un costado; con el camino libre me metí en ella. No sé si era el temor de lo que me diría de un momento a otro, el castigo que me darían cuando se supiera lo que hice o la excitación que siempre me había producido lo que influyó para que explotara en ella no bien me moví a sus espaldas. Ella pronunció mi nombre y me pareció maravilloso.

-Jimmy, Jimmy, con razón te aplazaste en mi asignatura. Te pasas durmiendo en clases.

Ella estaba a un metro de mí, sus hermosos pechos a mi alcance, casi rozándome. Sentí que el rubor inundada mi rostro. Todo el curso se rió porque me había dormido en el aula.

Yo sólo agradecí que el cuaderno que había puesto sobre mis pantalones al entrar la profesora seguía ahí, porque si hubieran visto la mancha pardusca en la entrepierna las risas hubieran durado todo el año.

Al otro día pregunté a la profesora si daba clases particulares. Ella dijo que no. Es una pena que los sueños no se conviertan en realidad.

LA RISA

Lo llevé a casa y presenté a mis padres. Acepté que en el domicilio nuestras emociones deberían de ser contenidas; pero extrañaba sus caricias. Llegaba al anochecer y pasaba a verme. Decía “hola que tal como te ha ido” sonreía y contestaba “bien” Luego íbamos a la sala y mamá le traía un vaso con agua de frutas. Cuando las palabras se hacían bolas en nuestra mente nos mirábamos como idiotas y sonreíamos sin motivo. Pasó un mes y mamá a solas me decía:


—Que serio es tu novio, siempre tan callado, ¿Así es?

Unos de esos días en que todo parecía ser la calca de los ayeres y viendo que mis padres estaban ocupados en la cocina lo empecé a fajonear y él diciéndo “ nos van a ver” y retirándose. Me enojé que tuviese atole en las venas y acariciando su pìerna, subí mis yemas hasta el pubis y sobé de arriba abajo y de abajo hacia arriba... hasta que sentí su respuesta.
Él no sabia que hacer... y me daba plaser, verlo colorado y caliente y yo riéndome. Era una risa a veces risa, y en otras parecía. En la noche lo esperaba emocionada, pues, los días habían dejado de ser monótonos y siempre estaba con un ojo al gato y el otro al garabato. “Por favor estate quieta" y lo dejaba, para después continuar.
Un día mis padres salieron y me preguntó por ellos, “luego vienen” le dije y empecé mi juego de sobarle la entrepierna. Mi osadía se convirtió en temor, cuando sentí que sus manos me tomaban de las caderas y limpiamente ajusté sobre él. Ya no me río y él espera paciente a que me vuelva la risa.

LA PESCA DEL SÁBALO



Tomé mi tarjeta de crédito, la froté sobre el pantalón y la puse en la mesa. Prendí la televisión. Cuando vi el comercial de una aerolínea ofertando un descuento inusual, me alteré . Mi esposa dormía. Ella estaba enterada de que iría a la convención sobre ecosistemas que se efectuaría en una ciudad distante. No la desperté. Hice algunas llamadas por el teléfono móvil. La besé antes de despedirme y soñolienta me respondió. Salí a la calle con mi breve maleta. En el taxi me di cuenta que olvidé el celular y contradije la orden.

— ¡Lléveme al aeropuerto! por favor.
En tres horas de vuelo, estaba en aquella ciudad porteña. De mi agenda leí en voz alta la dirección para que la oyese el taxista. En treinta minutos me situé frente a su casa. Algunos faroles vetustos contemplaban la madrugada y el silencio se hincaba por el ruido de un motor en la lejanía.
La residencia la conocía como la palma de mi mano. Ella me la había descrito rincón por rincón. Inclusive sabía cómo entrar para acceder a la casa y después a su recámara. Me acostumbré a la oscuridad y reconocí sus detalles. Vi la escalerita que conduce al sótano, bajé, abrí la puerta presionando la manija y recargándome. En instantes llegué a un pasillo y de allí al balcón de su recámara. "Antes de acostarme, respiro la noche y dejo la ventana entrecerrada". Cuando abrí, agudicé mis ojos y sonreí. Solo se veía el cuerpo de ella hecho bolita. Su esposo no estaba. Era viernes y había en una ciudad cercana la competencia del Sábalo. Dormía en una cama que parecía una gran estepa. Ingresé al baño, vi la tina y recordé la vez que ella me soñó dándome un baño con jabón de frutas. En silencio lavé con esponja el cuerpo y me tendí a su lado como una hoja que cae al suelo.


Adormilada escondió su cara en mi cuello. Entreabrió los ojos y murmuró soñolienta "que rico hueles" y volvió a dormirse. Yo la abrazaba. Sentí que sus manos palpaban el vello de mi pecho y de repente se apartó.
— ¡Tú no eres mi marido! —dijo.
De un salto prendió la luz. Cuando me vio, creí que sus ojos se saldrían.
—¡Qué haces aquí!
A través de la bata de seda transparente se veía su cuerpo aceitunado y sus pechos protuberantes parecían rodar.
—Apaga la luz y recuéstate. — Le mencioné con delicadeza.
—¡Vete!, vete de aquí.
Tenía ansiedad en la cara y en el movimiento de su mirada.
—Mi marido no tardará en llegar.
—Él está en la pesca del Sábalo.
—No entró a la competición. Anoche llamó por teléfono y está por llegar.
—Pero entonces...
—No tenemos ni un minuto.


Me sentí disminuido. Pensé que el recibimiento sería otro. Con decepción empecé a vestirme y ella viendo mi estado de ánimo, suavizó.


—Perdona, pero no ha sido el mejor momento.
Me dio un beso leve en los labios. Aproveché para darle uno con pasión y llenarle su boca con mi lengua. Ese beso que transcurre, y de un beso , se pasa a otro y las manos aprietan voluntariosas el talle , la espalda, la nuca, y acarician las líneas exuberantes de la mujer. El tiempo se pierde, y vuelas.
Regresamos a la realidad cuando escuchamos en las escaleras los pasos de un varón. La parálisis nos enmudeció.


—Mamá, mamá, ya me voy.
Oí con alivio la voz de su hijo. Ella contestó amablemente, preguntándole si regresaría a comer.
—No me esperes mamá, tengo mucho trabajo.


Yo estaba vestido y tenía en el piso mi mochila de viaje. Con rapidez, le volví la cara, y la besé una vez más. Escuché los pasos que bajaban de la escalera, lo que me impidió percibir otros que subían. Después de un golpe seco de nudillos sobrevino el ruido de la perilla de la puerta. Lo que hice fue ocultarme debajo de la cama y ella nerviosa exclamó:

— ¡Jesús no te esperaba tan temprano! Ahora te abro.


Escuché como la densa humanidad se recostaba en la cama esteparia. Como un oso herido por el sueño se quedó dormido. Yo respiraba a sorbos. En ese tiempo me pregunté: ¡qué madres hacia yo allí, cuando debería de estar llegando a otra ciudad, para recoger las experiencias de mis colegas. Estaba a merced, pues de manera irresponsable me había ido a meter a una cueva que no me pertenecía. En el avión decía: ¡qué sorpresa se va a llevar!, ella desea conocerme, que se estremece cuando le hago susurrar las palabras en el monitor. Oí que se levantó y encaminó hacia el baño. El oso se despertó. Poco después escuchaba los azotes del colchón y los embates de un cuerpo. El ruido de la respiración acompañó al de la cama y luego los quejidos entrecortados. Temblaba, y mi respiración sufría , pues el polvo me ahogaba y sin poder contenerme estornudé. Para fortuna, coincidió con el orgasmo de ambos que ahogó mi estridencia. Después de un breve silencio volvieron a rodar y no pude evitar el entusiasmo cruel de mi entrepierna. Arriba los ronquidos de èl y abajo el golpe de mi corazón.


Vi los pies de ella dirigirse al baño. No cerró la puerta y hasta mí llegó el ruido del agua y luego el cajón de la cómoda al abrirse y supuse que se cambiaría de ropa interior. Sacó una sábana y pensé que la tendería sobre la cama esteparia, pero la mantuvo como si fuese una cortina. Me dió una patada. Me levanté y con la mirada me empujó hacia la salida. Cuando abrió la puerta, se topó con su hija que traía un jugo de naranja, apenas si tuvo tiempo de ocultarme. Ella le hizo una seña de que no hablara, porque su papá estaba dormido y le instó a que se fuese.
En ese momento el oso se dio la vuelta, quitándose a manotazos la sábana y entreabriendo los ojos la miró con el vaso en las manos y volvió a dormirse. Yo estaba oculto detrás de ella. Salimos del cuarto y me llevó hacia la escalera y pregunté


— ¿ Mi maleta?


Sus ojos se prendieron y regresó por el maletín. En ese momento escuché pasos que subían, imaginé que era de nuevo la hija y me refugié en un cuarto aledaño. Así que cuando ella salió, no me vio y se encontró con su hija que ya vestida llegaba para despedirse.


— ¿Me puedo despedir de papá?


— No, está muy dormido, llegó en la madrugada.


— Y ese equipaje?


—Es mío, solo que ya voy a desecharlo.


— Mejor déjamelo para mi excursión. Así ya no compro.


— Ya vete a la escuela, se te va a hacer tarde.


Escuché sus pisadas bajar con rapidez. Abrí la puerta.


—Qué bueno que no te vió mi hija. Ella no sabe nada de su madre.


Me hizo ir tras ella hacia el sótano, y cuando salíamos al patio, pasó una vecina.
— Buenos días señora Ofelia, ¿ya tan temprano?


Ella no pudo ocultarme.


—Pues aquí, con el señor, va a revisar el sótano y vino a hacerme un presupuesto.


Así que volvimos sobre nuestros pasos.


— Perdona.


ella me miró con deseos de fulminarme y con voz firme dijo:


— Si con disculparte arreglase todo, pero mira, pasó la chismosa de la vecindad. Joder, en que problemas me has metido.


Ella se puso a llorar en silencio. No me contuve y la abracé; susurré: "perdóname", pero ella, de inmediato dejó de lagrimear y me quitó el brazo de su hombro, como si fuese un trapo fétido. Respiró profundo y me dio de nuevo la maleta.


— ¡Ahora sí lárgate! esa vieja ya se habrá ido.


Tomé el maletín, suspiré, moví la cabeza y hablé con fuerza:


-Disculpa mis pendejadas y espero que esto no tenga consecuencias.


Cabizbajo caminé hacia la puerta, casi salía, cuando me abrazó por la cintura y su mano se abrió en mi vientre y con voz melosa cantó detrás de mi nuca.


— ¿Te vas sin darme un besito?






SUSURROS


Me hablas al oído y no sé qué decirte.

La frase es chicle y resbala al desconcierto.
Las palabras que susurras parecen palomas que se ocultan entre la neblina.


Cuando hablas así,
sólo escucho el reverbero de tus labios en la piel caracolada.
No me cuchichees al oído porque respondo al silbido de tu aliento y después no sé que me da por despintar la luna de tus pezones.



la noche inmensa


Y colabas café.


"Abre la nevera y saca lo que apetezcas.


Te guardé un poco de comida que hice con mucho amor por si te daba hambre a media noche.


¿Quieres música?


Sabes que cuando vienes a mi casa, me deshago contigo.


Quisiera ser tú para adivinarte el pensamiento.


Subamos las cosas.


Relájate.


Miraremos la alborada sin tensiones.


¿Dime has soñado con darme un beso?


¡Ah si supieras cuantos te he dado!


Me ha dolido la boca de besarte tanto


y de morderme los labios cada vez que pronuncio hacia adentro tu nombre.


Sube y acuéstate.


Quiero que seas mi niño y deja que mis manos descubran tus oscuridades,


que mis labios quieren ser caballos y recorrerte palmo a palmo...


Acuéstate que las sábanas no tendrán más olor que el tuyo y el mío.


Cierra los ojos mi niño,


que la noche será inmensa para mi corazón”.

MIGRAÑA UNO

La luz difusa daba la idea de que eran las cinco de la tarde. La parte más iluminada era la sala, donde los rayos del sol se hacían viejos en el claroscuro de los cristales. En el departamento se respiraba fragmentos de un tiempo ido y ese olor de humedad que se encostra. El ruido del ventilador se oía como un gemido de dolor al tratar de mitigar los cuarenta grados de temperatura, mientras la televisión daba boletines acerca del clima. Al subir los treinta escalones, el sudor corría por la cara del médico. Encegueciéndolo.
Cuando abrió la puerta de la recámara, la vio recostada en la cama, con el pelo revuelto, una blusa holgada y un short. Apoyaba la espalda en almohadones.Puso el maletín en el buró, y al sentarse en el borde de la cama, le sonrió, como diciéndole: espera un poco, ya te compondrás.
Identificó que era el mismo ventilador —el que gemía— y ella sin pintura, ni maquillaje tenía el rostro de una muñeca de trapo. La reconoció por el lunar que ensombrecía una parte del ala de la nariz. Anteayer en un auditorio, después de dar su ponencia, ella se acercó para solicitarle si podría repetir la conferencia en una estación de radio. Él le dio su tarjeta y quedaron de comunicarse. Cuarenta y ocho horas después, estaba frente a ella,
— ¿Qué le sucede?
— Me da pena haberlo molestado
— No se preocupe. Es mi trabajo.
— Pero también me apena. Miré en que fachas me encuentra.
—Está enferma.
-Sabe, tengo un dolor intenso en la mitad de la cabeza, me punza, otras me late y cuando hay mucha luz o ruido siento que la cabeza me explota. Tengo asco.
—La revisaré.
Con paciencia puso todos los sentidos al estudio de ella. Nada pasó por alto, la luz llegó al fondo del ojo, del oído, de la garganta y con el tacto captó los ritmos del corazón. En silencio desprendió una hoja del recetario y escribió con claridad lo que tendría que tomarse.
Estando a punto de marcharse, encontró reflejada en su cara una crisis de dolor. No dijo nada y preparó la jeringa para inyectarle en el glúteo. sumisa aceptó y tuvo que esperar para observar si llegaba el efecto deseado. Con el estetoscopio oía la frecuencia cardiaca. Quince minutos después el dolor fue desapareciendo. Al cerrar su maletín, ella estalló en sollozos.
—¿Te volvió?
—No doctor, es que ayer hice un coraje.
—¿Puedo saber?
—Le quito el tiempo, no me haga caso, debe de tener más pacientes. No quiero entretenerlo.
—Para su descanso, ya terminé mi jornada. Usted fue mi última paciente. Ahora sólo está el amigo. ¡Cuénteme!
—Anoche enojé con mi novio. Estaba molesta de que llegara tarde a la cita. No me bastaron sus disculpas. Lo dejé con la palabra en la boca y tomé el primer taxi. ¿Qué piensa?
— Debiste escucharlo.

Sollozó. Una lágrima caía y él la interrumpió con el pulpejo de su dedo. Ella se aferró a su mano y la deposito sobre su pecho. Un calor que se hizo frío recorrió su brazo. Tanto que lo hizo tamborilear los dedos. Fue como si accionara el interruptor de la luz. El pezón se erectó y retiró la mano con rapidez —como si algo quemara—. Ella parecía no darse cuenta.
—¿ No siente que tengo calentura?
Tomó la mano de él y la sitúo sobre su frente. Él la recorrió hacía abajo buscándole los pulsos del cuello y registró con el tacto un corazón en huida, —como si diera tumbos— . Bajó entonces su cabeza y puso el oído en el tórax de ella. Cuando él volteó la cara encontró con los labios de ella. En un segundo sus bocas eran una, en unos minutos más sudaban copiosamente y las ropas desperdigadas estaban a uno y otro lado de la cama. El golpeteo de sus cuerpos era intenso. El desvencijado colchón con base de metal y resortes crujía, haciendo un ruido ensordecedor.

Poco después, exhaustos volvían a escuchar el monótono ruido del ventilador.

Cuando él se vestía.
—¿Vive sola?
—No, con mi mamá.
—¿Dónde está?
—Está en la recamara de al lado

Se quedó frío. Y en voz baja le dijo:
-¿escucharía?
—No.
— Pero hicimos mucho ruido.
— No te preocupes, mi mamá está casi sorda y cuando se pone a ver fotos viejas, nadie la saca de su pasado.

Ella le dio un beso y su mano la hizo descansar en el glúteo de él, al mismo tiempo le preguntaba: ¿vendrás en la noche si vuelve la migraña?

DIARIO ÍNTIMO

En mi cuarto la cama es ancha, blanda, con sábanas rojas , y las almohadas parecen tortugas en reposo. No tengo lámparas de noche, me gustan las velas de colores. Apagaremos la luz y encenderemos una bujía con aroma a coco. Como hace calor dormiremos sin frazadas. ¿Te presto una pijama o duermes sin ropa? Bien ¿qué quieres qué me ponga? Yo suelo dormir con una camiseta larga de algodón. Me quitaré la ropa, pero ¡no mires y no hagas trampa! ¿Quieres que me ponga un perfume o prefieres natural? Metete en la cama y descubre el lado donde me acostaré y mis pies fríos los cobijaré con el calor de tus piernas ¿ no te enojas?¿ apagas la velita o quieres dejarla así? Me recuesto en tu pecho y le digo en voz baja a tu corazón: me encanta que estés en el lugar que sueño cada noche, es la primera vez, que un hombre se acuesta conmigo en este lecho. Es la primera vez. ¡No me defraudes amor!

LA OCASIÓN

¿Recuerdas cuando Juana te dijo que ella ya no podía seguir trabajando contigo?, Pero que sabía de una prima que podría hacerlo. Le preguntaste si tenía buena presentación y ella contestó con familiaridad que sí. Juana te conocía bien y supo interpretar lo que tu querías decirle, pues al responderte movió las manos dibujando dos paréntesis.
Dos días más tarde llegó con su prima. Joven, bien formada, con acné en la frente y respondía al nombre de María. Habló lo elemental y mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría por la mañana y por la tarde y sus obligaciones serían; mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Por ese tiempo dirigías un club de corredores ya que tu afición venia de años atrás. Te veías delgado, elástico y resistente. Todos los días corrías de veinte a treinta minutos y los domingos trotabas con media docena de corredores. El local no tenía lujos, pero si era amplio y cómodo. Como una breve casa. Tu compromiso: atender de las nueve de la mañana a dos de la tarde.
Salió lista la muchacha: inyectaba, ponía sueros, y poco a poco enseñaste las complicadas formulas de las medicinas y cómo preparar pomadas de manera artesanal. Amén de que con paciencia la instruiste de cómo insertar un espejo vaginal y tomar muestras para el diagnóstico de cáncer. Me atrevo a decir, que mirar de cerca los aspectos íntimos dio oportunidad para dialogar sin prejuicios. En dos meses formaban ya un buen equipo. Y tomar café antes de iniciar la jornada se hizo costumbre.
Muy de mañana calzabas tus arreos deportivos y salías a correr. Después del café se iniciaba la consulta. A la dos de la tarde concluían y ella regresaba a las cuatro. Aparecías a las seis de la tarde. A las ocho de la noche ella se iba y tú escuchabas música y leías.
Un día no fue la misma. No fue difícil para un hombre como tú darse cuenta de que la niña traía un taco atorado en la garganta. Tú sabías que tenía novio y sospechaste un desamor, o quizá algo grave. Esa mañana tomando café le preguntaste a boca de jarro
—No te ha bajado la menstruación. — ella no levantó la mirada.
—Cómo lo sabe,
— Soy brujo. — contestaste riendo. Platícame todo.
Recuerdo que movías la cabeza. Te pusiste la bata blanca y ella recostó sobre la mesa de exploración, no te fue difícil saber que no había crecimiento de abdomen ni cambios en las glándulas mamarias. Aplicaste una ampolleta y la menstruación ochos días después apareció. Y desde ese día hasta el último que estuviste con ella, controlaste su fertilidad.

Tantos días de café, fiestas donde la familia de ella te invitaba y días duros de trabajo como cuando se iba a comunidades dieron acercamiento. El diálogo fue diferente: frente al paciente el usted y en la plática del café, el tú. Discretamente te rozabas con ella, y otras caricias caían accidentalmente. Ella toleraba con indiferencia.
Un día le preguntaste:
—¿Quieres seguir estudiando? Ella asintió… —bien lo seguirás haciendo. Te inscribirás en la tarde, a la hora que salgas, te esperaré para llevarte a la casa, sólo dile a tu mamá.
Entraba a clases a las dos de la tarde y llegaba alrededor de las siete de la noche. Si te hubieses observado, habrías visto la satisfacción que te daba verla de uniforme escolar con su mochila en la espalda. Ya no miraba hacia abajo cuando inquirías. Le quitaste el complejo de caminar encorvada, porque se sentía abochornada por un exceso de busto. Empezó a vestirse siguiendo tus observaciones y se transformó. Las miradas de los transeúntes se posaban cada vez más en su figura. No evitabas la mirada cuando ella ofrecía por circunstancias del trabajo el nacimiento de sus pechos, ni tampoco cuando se ponía el uniforme escolar y mostraba el vaivén de sus caderas con aquella faldita color vino. Ella lo sabía y se sentía satisfecha de provocar en ti esas miradas. Las relaciones con su novio, no eran de lo mejor, se hicieron frías y ella en secreto lloraba, por sentirse despechada.
aquel día llegó una mujer joven y atractiva, de cabello ensortijado, preguntó por ti. Ella pensó que era una paciente. Pero no era tal, la señora en cuestión con dejo de autoridad empezó a interrogarla acerca de la relación que llevaba contigo. Yo me reía, pues no era difícil presuponer que la tipa tenía algo contigo. Nunca la había visto por el consultorio. La segunda vez te encontró, pero no estaba María , y por supuesto que ofreciste una atención de primera. La tipa era una celosa por oficio. yo sabía que entre tú y mari, sólo mediaba una amistad y en tus ojos algunas chispas de deseo: pero nada más. Los acosos de la tipa se hicieron más frecuentes y ella no se aguantó, pues la sujeta iba cuando sabía que no estabas tú. “oiga amarre a su amiga o dígale que venga cuando esté usted” Vi tu sonrisa en lo que le contestaste “no le hagas caso” si bien es cierto que no eres capaz de montar un teatro, pero la vida ofrece circunstancias especiales y Mari debió haberse preguntado, que cosas le harías para cuidarte tanto.
Un día te pidió permiso para faltar todo el viernes y llegar hasta la noche, para que la dejases en su casa. Tú no eres torpe, rápidamente intuiste que la niña tenía un plan de largas horas. Te quedaste callado y sólo miraste que brincaba como niña chiquita a tu alrededor. Reíste por dentro, después miraste de cerca como bamboleaban sus pechos, cada vez que saltaba. Un dejo de envidia aparcó en tu pecho y claramente viste como se revolvería ella entre las sábanas. Ese día, para tu sorpresa ella estaba en el consultorio, haciendo su tarea. Por el ceño que le viste en la cara, no le preguntaste nada. Oí cuando dijiste: “ entonces no hubo fiesta” y te saliste rumbo a tu carro silbando una melodía de moda.

Aquel sábado habías planeado correr más de diez kilómetros. Llegaste temprano y fiel a tu costumbre te hiciste un café, y mientras te calzabas el short gris, tela delgada, ajustable que deja ver las piernas hasta casi la ingle y terminabas de ponerte tenis, llegó ella inusualmente temprano. Así que tomaron juntos el café recién hecho. Yo la vi radiante, traía el vestido azul de cuello en círculo que abría el camino hacia sus pechos. Ella estaba sentada en el sofá. Tú enfrente. Un mueble de resortes, forrado con una tela de terciopelo oscura y los descansabrazos a cada lado. Te inclinaste sobre ella, cuchicheaste algo en su oído y ella observó la brevedad de tu short. Pude sentir tu exclamación al respirar el champú de su pelo y el perfume dulce que emanaba de su piel. La besaste quedo en el lóbulo y luego mordisqueaste con tus labios. Ella había cerrado los ojos, quizá buscando en su interior un algo a que asirse para abortar la embestida. Del lóbulo bajaste al escote, volviste a su mejilla e intentaste darle un beso en la boca. Ella ladeo la cabeza, no presionaste, y te instalaste sobre el cuello. Lo recorriste olisqueando su aroma joven, sin más prisa que la turbación de su aliento. Te ubicaste de hinojos y tu cara quedó a nivel de sus pechos y de su vientre. Evitaste los senos aún en contra de tu deseo, y fueron tus manos las que tomaron la iniciativa y poco a poco levantaste la falda azul de su vestido y tu boca atrancó en la piel de sus rodillas, tu boca y tu lengua trazaron las coordenadas exactas para romper su resistencia, no esperaba ella que tu las amaras con tal plenitud.
El vestido azul estaba enrollado hasta la cintura y habían quedado al descubierto sus piernas acaneladas. Tus manos exploraban sus caderas, buscaban el elástico de su ropa interior. Los índices al unísono trabaron en el borde y poco a poco la prenda bajaba y cuando ésta descendía por sus glúteos, sentiste como levantó sus caderas para que la bragas salieran. Dueño del quehacer hiciste lo que te dictó la experiencia.
Sabías que la piel erizada de sus muslos y la caricia de sus manos sobre tu testa, eran el permiso. Escuchaba silbido y obesidad en las respiraciones, el traqueteo del mueble y afuera los carros pasaban presurosos. El día empezaba.

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