La profesora de Química de Lucia Scosceria

LA PROFESORA DE QUIMICA


Miré a la profesora de Química y nació la sensación de siempre. No sabía por qué me excitaba tanto. Con cierto recelo me fijé en los rostros de mis compañeros más cercanos, nadie pareció notar lo que me pasaba.

Ella hablaba sobre el poco rendimiento que habíamos tenido en el semestre y parecía enojada. Se pasó una mano por los cabellos oscuros como siempre hacía cuando se enojaba y todo el proceso de erección se puso en marcha al instante. Sentí que se abultaba mi pantalón y puse el cuaderno sobre él para disimular. Los ojos negros de la profesora eran relámpagos enfurecidos y ella se acaloraba más y más a medida que hablaba.

¿Cuántos años tendría? ¿Treinta y cinco? ¿Cuarenta? No lo sabía, sí sabía que la cara ovalada era linda, pero nada espectacular y los ojos de mirada penetrante y sensual me afectaban cuando los dirigía a los míos. Tenía un cuerpo exuberante. Pechos muy grandes y caderas que invitaban a tomarlas con las manos y mecerlas en una danza lenta y sensual.

Ella entregaba las hojas de los exámenes que había tomado la semana pasada y seguía hablando pero yo no sabía de qué, sus labios rojos se movían al hablar en forma circular y yo pensaba qué magnífico sería que los cerrara sobre algunas partes de mi cuerpo y me besase y se derritiera en mis brazos.

Faltaban pocos metros para que llegase a mi lado y me moví inquieto en la silla para disimular mi turbación.

El trabajo práctico que había hecho en el laboratorio debía darme puntos extras en mi calificación. Hacía tantos días de ello que no recordaba ya si era algo sobre jabones o ácidos. Sí recordaba que era tarde y todos los compañeros se habían ido. La profesora dijo que debía entregar el resultado del trabajo. Yo le pedí unos minutos más y ella se acercó a mí y su perfume a lavanda me electrizó tanto que temí desmayarme. Logré controlar un leve temblor y decir con voz normal que sólo faltaban describir algunas cosas que veía en el microscopio.

-Déjame ayudarte-dijo ella y le di lugar. Tuvo que agacharse para mirar en el aparato. No sé qué me pasó. Sus amplias caderas parecían llamarme, me enloquecieron, en forma fugaz pensé que me expulsarían del colegio, que mis padres me pondrían un castigo terrible, pero nada pudo atajarme.

Deslicé con terrible lentitud mi mano debajo de la pollera de la profesora. Nada impediría que siguiera tocándola, porque el placer que tenía con lo que estaba haciendo era inmenso. Esperaba el merecido bofetón que sabía recibiría de un momento a otro y aún así no me apresuré para llegar al musgo secreto que quería alcanzar, lo logré en instantes, todavía sorprendido por su silencio.

Con manos temblorosas tomé la parte inferior de su bikini y lo ubiqué a un costado; con el camino libre me metí en ella. No sé si era el temor de lo que me diría de un momento a otro, el castigo que me darían cuando se supiera lo que hice o la excitación que siempre me había producido lo que influyó para que explotara en ella no bien me moví a sus espaldas. Ella pronunció mi nombre y me pareció maravilloso.

-Jimmy, Jimmy, con razón te aplazaste en mi asignatura. Te pasas durmiendo en clases.

Ella estaba a un metro de mí, sus hermosos pechos a mi alcance, casi rozándome. Sentí que el rubor inundada mi rostro. Todo el curso se rió porque me había dormido en el aula.

Yo sólo agradecí que el cuaderno que había puesto sobre mis pantalones al entrar la profesora seguía ahí, porque si hubieran visto la mancha pardusca en la entrepierna las risas hubieran durado todo el año.

Al otro día pregunté a la profesora si daba clases particulares. Ella dijo que no. Es una pena que los sueños no se conviertan en realidad.

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